5 mar. 2012

La vida de Alistair: Sueños peligrosos


He soñado cosas increíbles, paranoicas, surrealistas y realmente dignas de un libro de ciencia ficción, pero hay algo que incluso supera todas esas cualidades: La realidad.

Llevaba tiempo dándole esquinazo a un viejo amigo que se sentía sólo cuando su preciosa novia se encontraba fuera por trabajo, así que hoy decidí que el pobre muchacho se merecía un poco de compañía pasado tanto tiempo sin vernos.

Supuestamente debíamos vernos hacia ya 2 días atrás, pero  mis ocupaciones nos lo habían puesto difícil. Tengo la filosofía qué, si la vida pone piedras en tu camino, es muy probable que ese camino no debas tomarlo, pero entre tú y yo: estaba demasiado cansado como para viajar fuera de la ciudad para tomar solo un expresso con nata.

Era la ocasión perfecta para devolverle unas cintas que amablemente me prestó en su día, así que cargué la bandolera con todo lo que me debía equipar y fijé rumbo hacia el caserón de Sandros.

Hacia una tarde sorprendentemente calurosa,  con poca humedad, y no quemaba el sol, algo que sin duda alguna agradecí por la salud de mi clara piel.

Pude disfrutar del cálido ambiente al tiempo que buscaba la figura de Sandros  en las proximidades a la estación. Por una vez no fui quien se retrasó.

Tuvimos una charla interesante, nos pusimos al corriente de nuestras vidas,  nuestra existencia en si misma había cambiado mucho desde la última vez que nos vimos, pero estábamos  prácticamente estancados en el mismo punto; compartimos las buenas noticias y las más escabrosas que manteníamos en el interior, esa amistad lejana nos permitía confidenciarnos de cosas que ni los amigos más cercanos sabían sobre sucesos cotidianos. Todo ello nos llevo un tiempo que solo me vi capaz de cuantificar en cafés tomados: dos expressos y un capuchino.  “Toda esta cafeína me va a traer malas consecuencias” pensé justo después de beberme el último trago.

Nos dirigimos hacia su casa, tomando un paseo,  y tras otra media por fin pude lanzarme sobre su cómodo sofá de cuero. Lancé la bandolera a un extremo y arremetí contra el contrario, “solo el puf de Síradis y Céridan podría hacerme sentir mayor gloria en este preciso instante” me dije mientras cerraba los ojos.  En el momento que creí que iba a dormirme, mi corazón casi pudo salir propulsado de mi pecho al susto que me causó el rebotar repentinamente del sofá.

-          ¿Cómo se te ocurre saltar de esa forma? ¡Casi me lanzas por la ventana cencerro! – le incriminé a la vez que lo fulminaba con la mirada.
-          No me seas llorica Alistair, has venido a dormir o… - brinco nuevamente tomando impulso desde el respaldo, abalanzándose hacia la pantalla de plasma que tenia sobre el mueble de las consolas. Cogió uno de los juegos – ¿o a tratar de defender tu honor mientras pierdes tu castillo?
-          Desenfunda los mandos, has retado al caballero equivocado.

Cuando quisimos darnos cuenta, la única luz que iluminaba la estancia era la perteneciente a la pantalla, y comprobando la hora en el reloj decidimos aparcar el duelo para otra ocasión.

Emprendimos una discusión sobre si debía quedarme a cenar o no,  ya que su novia aún no lo había llamado para avisar que se encontraba de camino a casa, hasta el segundo en el que sonó la cerradura de la puerta principal haciendo eco en el vestíbulo.

Nos dedicamos una mirada de complicidad, no sabíamos cómo actuar.

Yo no debía estar allí precisamente. No es que hubiese problemas entre Emily y yo, más bien lo contrario, intercambiamos roces que no llegaron a nada más, en la misma cama de matrimonio que utilizan la feliz pareja, y eso pareció molestarle más a ella que a él.

No tenía escapatoria, fundido en la esquina del sofá formando parte del cuero, atemorizado por la reacción que pudiese sufrir, y la reprimenda que pudiera caer sobre Sandros, a la vez que él era incapaz de levantarse de la silla, cuando entró desde el pasillo la no esperada Emily. Si de por sí fue un desconcierto, más sorprendente fue el verla llegar acompañada de una despampanante mujer.

Eran como el sol y la luna.

Emily es una chica de complexión normal, no muy alta, pelo corto, negro azabache, piel clara, ojos marrón oscuro, apagados por la sombra de ojos gris noche, vestida normalmente con leggins y faldas y camisetas anchas con la bandera inglesa o logotipos extranjeros, mientras que por el contrario su amiga le sacaba una cabeza de altura, algo más delgada con complexión atlética, una melena de un rubio casi albino, que de estar libreada del coletero, le cubriría perfectamente los pechos, de una piel morena muy clara, casi recién bronceada,  unos ojos cuyo brillo y color asemejan al topacio, y vestía unos shorts tejanos recortados a mano, una camisa a cuadros rojinegros que le venía grande, sobre una básica de tirantes blanca.
De no conocer a ninguna de ellas, habría jurado que eran un par de inglesas perdidas en la playa .
Sandros y yo velábamos un silencio sepulcral, parecíamos dos tontos embobados, no sé con certeza  si en la belleza que caminaba hacia nosotros o en la inesperada situación.

-          Buenas tardes – Dijo por fin Emily eufórica – ¡Qué oportuno encontrarte por aquí Alistair!
-          Bu…buenas tardes – tartamudeamos los dos al unísono, tragando saliva sonoramente.
-          Hola – sonrió la rubita dejándonos escuchar su dulce pero consistente voz.

Se sentó a mi lado la desconocida mientras que Emily rodeo a su novio con los brazos, asfixiándolo con un beso tan apasionado que se percibía el calor que desprendían.
Parecía que la habíamos pillado de buen humor.

No pude evitar quedarme a cenar en esa circunstancia, siempre acompañado de la joven chica cuyo nombre aún era desconocido. Pero aún no llegaba la hora, y me veía incapaz de moverme del sofá cuando Emily se nos quedó mirando perpleja, no entendía el por qué.

-          ¿Pero qué hacéis chicos? No os cortéis, vamos. – miró a la rubita haciendo ademán de insistencia  indicándome.

Quise comprender mejor la situación girándome para ver como respondía la chica, pero me fue imposible, al girarme la tenía casi completamente sobre mí,  derritiendo sus labios sobre los míos. “¡¿Pero qué demonios está pasando?!

Conseguí ver de reojo a Emily y su rostro triunfal. No contaba conmigo, pero tenía preparada una noche espectacular para su novio, eso era obvio para mi, tanto como que participé en las fantasías más perversas que tenían en mente ese par de súcubos.

Una tranquila y veraniega tarde de invierno se transformó en una apasionada y ardiente noche S&M, en la que mi persona se vio doblegada a la voluntad de 3 personas con intereses totalmente distintos.

Sin entrar en detalles de lo que fue una ocasión memorable para mi, apenas habiendo entrado en el mundo de los sueños, desperté por la mañana- Aún no había salido el sol, y mi cuerpo pedía un remojo en la pica del baño. No cerré el pestillo, y a los pocos segundos se encerró conmigo la chica sin nombre.

-          ¿Qué haces? – creo que no soné muy sobresaltado debido al cansancio acumulado.
-          Quería estar un rato a solas contigo. – dijo tímidamente, con sus mejillas sonrojadas, el pelo alborotado y la poca ropa sin arreglar, cómo salida de una película, solo llevaba la gran camisa a cuadros desabrochada, y unas braguitas blancas.

Mejor que el café de buena mañana, esas palabras me hicieron cobrar la conciencia en un santiamén.

-          ¿Esto sigue formando parte del juego?
-          Forma parte de esto… - agarró mi mano colocándola entre sus senos, dejándome notar el palpitar de sus latidos.
-          Estás acelerada, no entiendo que quieres decirme…
-          Hombres…- suspiró.

Me besó una vez más, pero no fue igual a ninguno anterior esa noche, me hizo temblar, desde la lengua a los pies, robándome toda la fuerza. Cuando se separó de mi, el pelo le tapaba la expresión, ella mirando el suelo y yo sintiendo un fuerte deseo de fusionarme una vez más en sus labios. La acaricié apartándole el pelo y allí la vi, mirándome fijamente a los ojos, sonrojada y mordiéndose el labio inferior.

-          Aún no se cómo te llamas… - no pude hablar con más poder que el de un susurro
-          Roxanne.

Al poco después marché a prisas, había olvidado mis compromisos y si no volvía a tiempo para arreglarme, el día empezaría con mal pie. Me destrozó dejar aquella casa, donde se encontraba Roxanne, sin saber de qué modo podría contactar con ella, ni si podríamos volver a vernos.

1 comentario:

  1. Always, nunca dejaré de repetir(te)lo...

    Querer es poder =D

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