13 mar. 2012

Mujer invisible, por un día


El sol acaricia mi piel a través de las finas cortinas de seda, que no tapan al completo la ventana. Entornando los ojos para poder ganar ante la intensidad de la luz, me levanto torpemente de la cama, y buscando con mis pies descalzos las calientes zapatillas de pelo, miro de encontrar el despertador que todavía suena lejano y ahogado.

Debo plantearme seriamente el pegarlo a la estantería, nuevamente lo he estampado contra el suelo mientras dormía, pero su ruidosa melodía día tras día insistía en no morir.

Con el pelo revuelto y el camisón descolocado me preparo un buen desayuno a base de leche y pan seco, como cuando era niña, ( Qué bueno estaba ese desayuno tan sencillo).

El espejo posado sobre la cómoda del dormitorio reflejaba a la perfección esos haces de luz sobre los cristales de cuarzo que pendían de un hilo sobre la cabecera de la cama. (¿Cómo iba a percatarme de que mi presencia no obstaculizaba de modo opaco los rayos de sol, cuando apenas era capaz de abrir los ojos que aún tenían pegados las arenas de Morfeo?)

Al ir al baño a acicalarme me quedé frente al espejo del estante como una completa boba. Esperaba ver mi reflejo que no aparecía ipso facto,

- Que raro… tendrá poca cobertura…Si es que estos espejos de hoy en día no son lo que eran.”

Desistiendo en pocos segundos a ver mi figura en el cristal, traté de despejarme con un buen café cargado, solo y amargo. En la repetitiva musicalidad que producía la cucharilla contra el marfil de la taza, abriéndose mi mente al razonamiento de la vida tuve una revelación.
(¿Cómo era posible no verme en el espejo?)

Me levanté cogiendo impulso, de tal modo que el café se desparramó por toda la mesa, casi corriendo me paré frente al espejo del baño una vez más, para ver cómo mi yo al otro lado del cristal era inexistente.
Alcé las manos, miré hacia abajo, estaba allí presente, existía, pero el espejo no me reconocía. Lo mismo pasaba con cualquier objeto reflectante: la televisión, el cristal de la ventana, las cucharas de plata, incluso la bola navideña de cristal tan absurda que mantenía en el vestíbulo.

- ¡Soy un vampiro! – Salté alegremente casi pudiendo tocar el techo con los dedos, hasta que volví al planteamiento inicial -  El sol no me ha matado…

Sin saber qué estaba sucediendo, me vestí con lo primero que encontré tirado sobre el respaldo de la butaca y salí de casa.
Piqué a la puerta adyacente, y el joven hijo de la vecina abrió la puerta incrédulo. Miró alrededor y cerró la puerta justo en mis narices. Insistí un par de veces, pero el muchacho reaccionó igual, hasta que desistió del empeño de encontrar a alguien esperando en el felpudo.

Aún desentendiendo mi situación actual, salí a la calle, en busca de respuestas, o la reacción de la gente.
Los pasos que daba sin rumbo me llevaron hasta la casa donde se encontraba la mujer que me robaba el aliento.

- "Ya que he llegado hasta aquí, voy a hacerle una visita."

“ Ding-Dong”…”Ding-Dong”

Al igual que el muchacho, esta abrió la puerta, pero pareció no ver a nadie. Esta vez no me quedé perpleja y entré allanando su casa. El gran espejo victoriano que tenía en mitad del vestíbulo tampoco me reflejaba, y ella tampoco me veía.

¿Soy un fantasma? “ – segunda teoría que parecía tener lógica.

Me paré en el pasillo, mientras observaba como la joven se tomaba la mañana tranquilamente, una taza humeante en una mano, la otra agarrándose la bata por la cintura, arrastrando las zapatillas por el suelo como si estuviese limpiándolo,  el pelo enmarañado. Parecía acabada de levantar.
Cerró la puerta del dormitorio tras de sí, dejándome fuera. En ello vi la oportunidad de demostrar si era una fantasma o no.

-Pues allá voy…

Inspire todo el aire que cupo en mis pulmones levantando ligeramente los hombros, y con expresión decidida, arremetí contra la puerta para tratar de atravesarla.
Mi cabeza comprobó la rigidez de la puerta emitiendo un sonoro golpe que retumbó en mi hueca sesera.
Todo se tambaleaba y ella salió del dormitorio asustada buscando una explicación al ruido. Temerosa y temblando se encerró nuevamente, y tuve tiempo suficiente para reaccionar y meterme allí con ella.

Menudo susto ha tenido que llevarse pobre, está temblando y todo. Cómo para haber echado la puerta abajo. ¿Cómo he podido pensar que era un fantasma?

Me apoyé sobre el chiffonier que tenía al lado de la cama, y por la siguiente hora me dediqué a contemplarla.
Sonaron las 12:00 en el reloj de péndulo del comedor, y la chiquilla se puso en marcha. Limpió la vajilla que ensució para el desayuno mientras yo la esperaba en su alcoba, y en cuanto volvió se dispuso a cambiarse. 

Nunca imaginé verla desnudarse con tanta delicadeza.

La ropa se deslizaba por su figura cual seda fina, dejando al descubierto poco a poco su ebúrnea piel.
En un impulso de vergüenza, giré sobre mi misma dándole la espalda pidiéndole disculpas en un acto reflejo.
Puede que no me viera, pero escucharme, me escuchó.

-¿Quién hay ahí? – alzó la voz tapándose velozmente.

Contuve la respiración y cerré los ojos deseando que siguiese sin verme.

-…Que tontería, habrán sido los vecinos hablando en las escaleras.

“No puede verme, pero puede oírme… ¡SOY INVISIBLE!”

Traté de contener la emoción del momento hasta que pude salir de su casa tras ella, para sacar el mejor provecho de la situación posible.

“¡Voy a gastarles bromas a todo el mundo!”

Y así hice, colándome en casa ajenas, en negocios, donde fuera que hubiese gente para con cámara en mano grabar sus caras llenas de pánico ante la visión de objetos que se movían solos, hasta que en uno de esas incursiones un hombre se topó por accidente conmigo.

-¡Auch! ¡Cuidado hombre!  - le incriminé dejando caer la fruta que estaba “levitando

En un movimiento implacable, el hombre me agarró del brazo y nos quedamos ajenos al resto.

-¿Eh, se puede saber qué está haciendo?

-¿Y tu muchacho? ¿Cómo es que nadie puede verte?

-¿Muchacho? ¡Soy mujer! – Dije ofendida- Si te lo digo no me vas a creer… ¡o tendría que matarte!

-¿Matarme? – Echó a reír el hombre - ¿Cómo va a matarme una niña que no hace más que asustar moviendo fruta?, anda, cuéntame cómo lo haces.

- Soy…soy invisible… - sonó suave y tímido.

No pareció sorprenderse, era evidente por su edad que había experimentado muchas cosas, pero nunca pensé que no fuera a darle un ataque al corazón o algo.
Tras un rato charlando, dando un paseo acordamos sacarle provecho a la situación.
Para probar suerte, fuimos al centro de la ciudad, montando un número improvisado de “El hombre telepático”. Tuvo mucho éxito, no puedo negarlo. Habíamos creado una de las mejores farsas, un timo a gran escala, un engaño imperceptible a cualquier ojo. Repartiéndonos las ganancias, nos aseguramos de volver a contactar para amplificar la función a lo grande. El hombre me confesó que nunca antes había disfrutado tanto de un día, como lo hizo hoy, y despidióse con una gran sonrisa. Para nuestra desgracia, el negocio no volvería a funcionar, pues a la mañana siguiente todo volvía a la normalidad. El espejo me reflejaba, mi vecino me saludó cuando bajábamos las escaleras. Ya no era más la chica invisible de ayer.

Llamé al hombre para despedirme, pero no pude. Aquella misma mañana el hombre murió, a la vez que mi don. 

5 mar. 2012

La vida de Alistair: Sueños peligrosos


He soñado cosas increíbles, paranoicas, surrealistas y realmente dignas de un libro de ciencia ficción, pero hay algo que incluso supera todas esas cualidades: La realidad.

Llevaba tiempo dándole esquinazo a un viejo amigo que se sentía sólo cuando su preciosa novia se encontraba fuera por trabajo, así que hoy decidí que el pobre muchacho se merecía un poco de compañía pasado tanto tiempo sin vernos.

Supuestamente debíamos vernos hacia ya 2 días atrás, pero  mis ocupaciones nos lo habían puesto difícil. Tengo la filosofía qué, si la vida pone piedras en tu camino, es muy probable que ese camino no debas tomarlo, pero entre tú y yo: estaba demasiado cansado como para viajar fuera de la ciudad para tomar solo un expresso con nata.

Era la ocasión perfecta para devolverle unas cintas que amablemente me prestó en su día, así que cargué la bandolera con todo lo que me debía equipar y fijé rumbo hacia el caserón de Sandros.

Hacia una tarde sorprendentemente calurosa,  con poca humedad, y no quemaba el sol, algo que sin duda alguna agradecí por la salud de mi clara piel.

Pude disfrutar del cálido ambiente al tiempo que buscaba la figura de Sandros  en las proximidades a la estación. Por una vez no fui quien se retrasó.

Tuvimos una charla interesante, nos pusimos al corriente de nuestras vidas,  nuestra existencia en si misma había cambiado mucho desde la última vez que nos vimos, pero estábamos  prácticamente estancados en el mismo punto; compartimos las buenas noticias y las más escabrosas que manteníamos en el interior, esa amistad lejana nos permitía confidenciarnos de cosas que ni los amigos más cercanos sabían sobre sucesos cotidianos. Todo ello nos llevo un tiempo que solo me vi capaz de cuantificar en cafés tomados: dos expressos y un capuchino.  “Toda esta cafeína me va a traer malas consecuencias” pensé justo después de beberme el último trago.

Nos dirigimos hacia su casa, tomando un paseo,  y tras otra media por fin pude lanzarme sobre su cómodo sofá de cuero. Lancé la bandolera a un extremo y arremetí contra el contrario, “solo el puf de Síradis y Céridan podría hacerme sentir mayor gloria en este preciso instante” me dije mientras cerraba los ojos.  En el momento que creí que iba a dormirme, mi corazón casi pudo salir propulsado de mi pecho al susto que me causó el rebotar repentinamente del sofá.

-          ¿Cómo se te ocurre saltar de esa forma? ¡Casi me lanzas por la ventana cencerro! – le incriminé a la vez que lo fulminaba con la mirada.
-          No me seas llorica Alistair, has venido a dormir o… - brinco nuevamente tomando impulso desde el respaldo, abalanzándose hacia la pantalla de plasma que tenia sobre el mueble de las consolas. Cogió uno de los juegos – ¿o a tratar de defender tu honor mientras pierdes tu castillo?
-          Desenfunda los mandos, has retado al caballero equivocado.

Cuando quisimos darnos cuenta, la única luz que iluminaba la estancia era la perteneciente a la pantalla, y comprobando la hora en el reloj decidimos aparcar el duelo para otra ocasión.

Emprendimos una discusión sobre si debía quedarme a cenar o no,  ya que su novia aún no lo había llamado para avisar que se encontraba de camino a casa, hasta el segundo en el que sonó la cerradura de la puerta principal haciendo eco en el vestíbulo.

Nos dedicamos una mirada de complicidad, no sabíamos cómo actuar.

Yo no debía estar allí precisamente. No es que hubiese problemas entre Emily y yo, más bien lo contrario, intercambiamos roces que no llegaron a nada más, en la misma cama de matrimonio que utilizan la feliz pareja, y eso pareció molestarle más a ella que a él.

No tenía escapatoria, fundido en la esquina del sofá formando parte del cuero, atemorizado por la reacción que pudiese sufrir, y la reprimenda que pudiera caer sobre Sandros, a la vez que él era incapaz de levantarse de la silla, cuando entró desde el pasillo la no esperada Emily. Si de por sí fue un desconcierto, más sorprendente fue el verla llegar acompañada de una despampanante mujer.

Eran como el sol y la luna.

Emily es una chica de complexión normal, no muy alta, pelo corto, negro azabache, piel clara, ojos marrón oscuro, apagados por la sombra de ojos gris noche, vestida normalmente con leggins y faldas y camisetas anchas con la bandera inglesa o logotipos extranjeros, mientras que por el contrario su amiga le sacaba una cabeza de altura, algo más delgada con complexión atlética, una melena de un rubio casi albino, que de estar libreada del coletero, le cubriría perfectamente los pechos, de una piel morena muy clara, casi recién bronceada,  unos ojos cuyo brillo y color asemejan al topacio, y vestía unos shorts tejanos recortados a mano, una camisa a cuadros rojinegros que le venía grande, sobre una básica de tirantes blanca.
De no conocer a ninguna de ellas, habría jurado que eran un par de inglesas perdidas en la playa .
Sandros y yo velábamos un silencio sepulcral, parecíamos dos tontos embobados, no sé con certeza  si en la belleza que caminaba hacia nosotros o en la inesperada situación.

-          Buenas tardes – Dijo por fin Emily eufórica – ¡Qué oportuno encontrarte por aquí Alistair!
-          Bu…buenas tardes – tartamudeamos los dos al unísono, tragando saliva sonoramente.
-          Hola – sonrió la rubita dejándonos escuchar su dulce pero consistente voz.

Se sentó a mi lado la desconocida mientras que Emily rodeo a su novio con los brazos, asfixiándolo con un beso tan apasionado que se percibía el calor que desprendían.
Parecía que la habíamos pillado de buen humor.

No pude evitar quedarme a cenar en esa circunstancia, siempre acompañado de la joven chica cuyo nombre aún era desconocido. Pero aún no llegaba la hora, y me veía incapaz de moverme del sofá cuando Emily se nos quedó mirando perpleja, no entendía el por qué.

-          ¿Pero qué hacéis chicos? No os cortéis, vamos. – miró a la rubita haciendo ademán de insistencia  indicándome.

Quise comprender mejor la situación girándome para ver como respondía la chica, pero me fue imposible, al girarme la tenía casi completamente sobre mí,  derritiendo sus labios sobre los míos. “¡¿Pero qué demonios está pasando?!

Conseguí ver de reojo a Emily y su rostro triunfal. No contaba conmigo, pero tenía preparada una noche espectacular para su novio, eso era obvio para mi, tanto como que participé en las fantasías más perversas que tenían en mente ese par de súcubos.

Una tranquila y veraniega tarde de invierno se transformó en una apasionada y ardiente noche S&M, en la que mi persona se vio doblegada a la voluntad de 3 personas con intereses totalmente distintos.

Sin entrar en detalles de lo que fue una ocasión memorable para mi, apenas habiendo entrado en el mundo de los sueños, desperté por la mañana- Aún no había salido el sol, y mi cuerpo pedía un remojo en la pica del baño. No cerré el pestillo, y a los pocos segundos se encerró conmigo la chica sin nombre.

-          ¿Qué haces? – creo que no soné muy sobresaltado debido al cansancio acumulado.
-          Quería estar un rato a solas contigo. – dijo tímidamente, con sus mejillas sonrojadas, el pelo alborotado y la poca ropa sin arreglar, cómo salida de una película, solo llevaba la gran camisa a cuadros desabrochada, y unas braguitas blancas.

Mejor que el café de buena mañana, esas palabras me hicieron cobrar la conciencia en un santiamén.

-          ¿Esto sigue formando parte del juego?
-          Forma parte de esto… - agarró mi mano colocándola entre sus senos, dejándome notar el palpitar de sus latidos.
-          Estás acelerada, no entiendo que quieres decirme…
-          Hombres…- suspiró.

Me besó una vez más, pero no fue igual a ninguno anterior esa noche, me hizo temblar, desde la lengua a los pies, robándome toda la fuerza. Cuando se separó de mi, el pelo le tapaba la expresión, ella mirando el suelo y yo sintiendo un fuerte deseo de fusionarme una vez más en sus labios. La acaricié apartándole el pelo y allí la vi, mirándome fijamente a los ojos, sonrojada y mordiéndose el labio inferior.

-          Aún no se cómo te llamas… - no pude hablar con más poder que el de un susurro
-          Roxanne.

Al poco después marché a prisas, había olvidado mis compromisos y si no volvía a tiempo para arreglarme, el día empezaría con mal pie. Me destrozó dejar aquella casa, donde se encontraba Roxanne, sin saber de qué modo podría contactar con ella, ni si podríamos volver a vernos.